No te fumes la mata que mata. Véndela
Muere el padre, cabeza de la familia y proveedor de bienestar. Con esto Nancy Botwin, MILF de profesión, es ahora viuda y tiene dos hijos a su cargo. La pobre e indefensa mujer se enfrenta al reto de sostener a su familia con dignidad y esta es la excusa perfecta para que empiece Weeds, una serie de Showtime que ya va por su quinta temporada y no aburre. Todo se cuece en un vecindario suburbano ficticio que, suponemos, queda cerca de Los Ángeles. Estamos hablando de uno de esos vecindarios que pudimos conocer por la televisión gringa pero que a decir verdad nunca tuvimos ni cerca. Yo nunca tuve un jardín así, nunca tuve que pensar en podadoras, nunca tuve una cerca pintada de blanco y mi baño estuvo toda la vida irremediablemente encajado al baño de mi vecino, con una precisión digna de Tetris.

Ese entorno perfecto, de casas separadas, de gente linda y de niños que van fijo re-fijo a la universidad es el caldo de cultivo ideal para lo que sigue. La incertidumbre reina hasta que un día se enciende el bombillo. “Pues vendamos yerba!” piensa la emprendedora madre con un ingenio que me resulta tan familiar, tan cercano, tan de historia de vecino. Y entonces le va bien porque es que la yerba vende. Y ella toda bonita vende marimba a la lata, aquí y a allá, a los niños gomelos del High School y al vecino hippie fracasado que se encierra en su SUV a fumar porro a escondidas de su familia y regresa muy pispo para la hora de la comida como si nada.
Con esos ingredientes la historia empieza a andar vertiginosamente. Como si fuera una descarada metáfora, la semilla que nuestra heroína siembra el día que decide jugar a la pequeña dealer en un vecindario sano, empieza a crecer y a sacar ramitas. Esas ramitas pequeñas son concesiones que se hace a sí misma, a sus principios intachables de madre y a sus ideales de cómo formar una familia. Cada concesión auto-otorgada siempre significa involucrar a alguien más y siempre siempre significa escalar un piso más en esa pirámide que es la industria clandestina de la marihuana.

Las ramitas entonces se vuelven ramas y de ahí crecen hojas y esas hojas sueltan semillas y de ahí nacen otras matas chiquitas y de ahí ramitas y ramas y hojas y así sucesivamente hasta que tenemos ante nosotros un matorral del tamaño de dos yates, parqueados el uno al lado del otro. Uno es testigo privilegiado y la maravillosa narrativa le permite ver el crecimiento acelerado de esa mata que se le sale de las manos al más rudo de los gangsters. Es así como la tímida madre que asiste juiciosa a las reuniones de padres de familia y a los partidos de soccer en el colegio de los niños, se transforma en esa oscura empresaria que decide un día comprarse una casa, cultivar “her own shit” y que sus hijos salgan a venderla en vez de quedarse todo el soberano día jugando Playstation. Esto es un andar permanente en ese recorrido descendiente hacia el mismísimo infierno, que le sale natural aunque parezca accidentado.
En esta historia que ella solita carga en sus hombros, Nancy Botwin representa a la madre soltera que sobrevive en un mundo bien salvaje. Y uno es consciente y sabe que esos lugares que ve ahí cada ocho días no son reales y que esos personajes tan pervertidamente divertidos tampoco y uno está seguro de que uno (o la mamá de uno) nunca saldría con vida de tantos pero tantos líos con gente tan pero tan brava. Pero ahí está la magia de la tele. Uno la ve ahí tan perfecta siempre, con esa lata de coca-cola light y ese pitillo que juega entre sus labios y esa sonrisa y sobretodo esos ojos. Ante eso sólo queda creerse que todo es cierto y que una mujer así es posible y que comprobarlo es sólo cuestión de juntar una plata y agarrar un avión hacia esa ciudad de mentiras que a alguien, seguramente bajo el efecto de algún humo extraño, le dió por llamar Agrestic.